EL DESEO NEGADO

No podía dormir. Salí de mi habitación y al entrar en el salón vi a Roberto durmiendo en el sofá. Le observé unos minutos. Una amiga nos había invitado a pasar allí unos días, durante la cena se estuvo bromeando de que ambos dormirían juntos, solo disponíamos de dos camas y un sofá. Yo me alegré, ya que prefería dormir sola. Sin embargo, al verle ahora allí, pensé dos cosas: o habían discutido, o me habían tomado el pelo.
Me retiré de su lado y fui a la cocina, me apetecía beber agua.Ya de paso me encendí un cigarrillo. Al darme la vuelta para salir de allí, le vi plantado en la puerta, despeinado y con una leve sonrisa me dijo:
- ¿No puedes dormir?.
No- respondí sonriéndole- ¿qué ha pasado? -pregunté señalándole con la mirada la habitación de Reme-.
Él vaciló antes de contestar, y fue acercándose donde yo me encontraba.
- Nada. Decidí dormir en el sofá, no me importa.
Ya a mi lado abrió el grifo, dejo correr el agua y tomando un vaso lo lleno, volvió a cerrar el grifo y me miró fijamente.
- ¿Pensabas en serio que íbamos a dormir juntos? . No la conozco de nada.
Guardamos silencio unos instantes.
- ¿Por qué no puedes dormir? ¿extrañas la cama?-prosiguió-.
Me alegré de esa última pregunta, porque en realidad no sabia explicar la causa de mi insomnio
Si- dije finalmente- debe de ser eso.
Volvió el silencio, ambos nos mirábamos. Segundos después, decidí, que lo mejor sería salir de allí e intentar dormir, así es que, apagué el cigarrillo en el cenicero y aclaré el vaso de agua dejándolo en el escurreplatos con sumo cuidado para no hacer ruido. Le sentí detrás de mí, me rodeó con sus brazos mientras aclaraba el vaso y lo dejaba en el mismo lugar que yo lo había hecho. Era solo un roce, pero permanecí inmóvil… Ahora le sentía mas cerca… sus manos empezaron a acariciar las mías, después mis brazos, sentí su respiración en mi nuca acariciándome el cabello, como una suave brisa que me dejaba sin fuerzas.
-Me… voy a dormir- susurré-.
-Quiero estar contigo- dijo en el mismo tono-.
Lentamente me fui apartando de su lado, él dio un paso atrás, dejándome el camino libre. Nos volvimos a mirar. Después giré sobre mi misma y me dirigí a mi habitación.
Mientras me acercaba al dormitorio el deseo de estar con ese hombre con el que siempre había tenido algo especial, y al que conocía desde hace tiempo, iba creciendo. Recordé nuestras conversaciones del pasado :"nunca estaríamos juntos, preferíamos conservar esa amistad a fastidiarla solo por un momento de placer".Pero ahora… y mientras me alejaba de él, más deseaba tenerle cerca. Me detuve antes de entrar, y me volví hacia Roberto…
-¿recuerdas lo que hablamos?
Él permanecía allí, parado, mirándome… asintió con la cabeza.
Lo recuerdo -dijo finalmente-.
Después de decir esto volvió a tumbarse en el sofá.Bajé la mirada y permanecí unos segundos pensativa . Después entré en mi habitación y cerré la puerta con cuidado.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos los tres, cruzamos alguna mirada él y yo, se notaba que ninguno había dormido esa noche. Reme se encargaba de animar un poco el desayuno, nosotros dos permanecíamos callados prácticamente todo el tiempo.
Sonó el teléfono y Reme nos dejo solos en ese momento.
¿Que hubiese ocurrido si…?-empecé a preguntar-
No lo sé -me interrumpió-la realidad es que, no ocurrió nada.


Cierto, no había ocurrido lo que tanto deseábamos ambos, pero algo había cambiado y los dos, lo sabíamos

HISTORIAS E HISTÉRICAS EN LA OFICINA

Me encontraba en mi mesa observando la escena sin salir de mi asombro. En la oficina, esa mañana se había desatado una gran disputa entre varias compañeras. Dos de ellas, Maite y Juanita, se engancharon del pelo. Pepa golpeaba la mesa histéricamente mientras gritaba incongruencias, Sara paseaba nerviosa por el pasillo mientras echaba por su boca maldiciones y daba unas caladas a su cigarrillo , Raquel daba patadas a la mesa y Asunción decidió berrear en el aseo, en su caso, era lo más parecido al canto de las ballenas, pero a lo bestia. Aquella escena era mas digna de un aula de parvulario que de una oficina. Y todo por un hombre. Mi jefe. Y por la fiesta de la noche anterior. El cumpleaños del jefe. Que majete, invitó a todo el departamento, bueno no, rectifico, obligó a todo el departamento con la firme amenaza de no subir el sueldo en dos años a quien no acudiese. Claro que, para él era un lujo, no había ni un solo hombre más en la oficina. ¡Ja!, menuda fiesta.

Jorge era un hombre que no pasaba desapercibido ni mucho menos, alto, fibroso, atractivo, bien vestido, muy educado y, muy atento con sus empleadas. Demasiado atento. Tan atento que, todas ellas algún día se habían encerrado en el despacho con él durante un par de horas. Pero no vayan a creer que entraron todas a la vez, no, eso ya daría mucho el cante y además, no se trata de “FlexGordon” y se abandonaría el trabajo, y él, ante todo era un gran profesional, – aunque no siga ese refrán que dice : “Donde pongas la olla no metas la…”, bueno, ya me entienden-. Todas menos una, yo, que ya estaba convencida de que pronto me pondrían de patitas en la calle por no…, colaborar en este tipo de tareas, extras. Lo mismo que le ocurrió a Filiberta, Fili para los amigos (que cursi), claro que, la mujer no estaba para muchos trotes a sus sesenta y cinco años, total iba a jubilarse ya.

De repente, se hizo el silencio. Jorge estaba en la entrada de la oficina observando con una leve sonrisa el espectáculo.
Buenos días señoritas- dijo con su voz grave y aterciopelada-
Y como por arte de magia, ipsofacto, todas se encontraban sentadas en sus respectivos puestos atusándose el pelo y respondiendo al saludo de Jorge sonriendo abierta y amablemente, como si allí no hubiese pasado nada. Yo ya llegué a pensar si todo aquello que acababa de ver no habría sido producto de mi imaginación, y haciendo un copygrith del mentalista Anthony Blair me dije a mi misma: “No le des mas vueltas, no tiene sentido”, y me dispuse a empezar con mi jornada cuando de repente…

Julia –inquirió mi jefe -
¿Si?- respondí-
¿Puede venir un momento, por favor?
Y diciendo esto pasó al interior del despacho. Tierra trágame –pensé-.
Por un lado el silencio invadió la oficina. Por otro, las miradas de mis ¿compañeras?, se clavaron en mí. Ya le hubiese gustado al maestro Hitchcock haber conseguido tanto suspense para una de sus películas como el que reinaba allí en ese momento. Era la primera vez que mi jefe me llamaba a su despacho y yo, empezaba a intuir el por qué.
En pocos segundos me adentré en el despacho.

-Cierre la puerta, por favor

Obedecí.

Jorge miraba a través de la cristalera.
-Me gusta la lluvia –dijo como hablando para sí mismo- Siéntese, por favor.

Me acerqué a la mesa al mismo tiempo que el tomaba asiento en su, supuestamente, comodísimo y ajetreadísimo sillón. Me senté.
Julia –dijo clavando su mirada en la mía- ¿Se encuentra usted a gusto trabajando en esta oficina? ¿Le gusta su trabajo?

- Si, me gusta – respondí -

- Le gusta – repitió inclinándose en el respaldo de su asiento- Pero ¿se encuentra a gusto?

Yo, ya empezaba a cansarme de preguntas estúpidas teniendo tanto trabajo como tenía de manera que, decidí que si pensaba despedirme o hacerme una proposición deshonesta u honesta, depende del cristal y desesperación con el/la que se mire, respondí:
- Bueno, no es el Edén, pero si, me encuentro a gusto.

Jorge soltó una carcajada. Y yo me imaginé la situación fuera del despacho, ya no sabía que era mejor, si seguir allí dentro con el pichafloja, o salir al coso con las leonas.

- ¿Ha estado usted en el Edén pasa saber como se encuentra uno?

Preferí guardar silencio sonriendo levemente.
- Anoche –prosiguió- Se marchó pronto de la fiesta, ni siquiera se despidió, ¿Se encontraba indispuesta?

- Una persona no se marcha de una fiesta solo porque se encuentre indispuesta, pueden ser varias las razones y una de ellas, es por la que yo me fui. Siento no haberme despedido, de usted.
Se hizo el silencio.

Ya –respondió finalmente-. Bueno, no tiene importancia. Puede volver a su puesto. Gracias.
Asentí, me levanté y salí de allí aliviada, pero solo por el momento, hasta que abrí la puerta y vi a mis compañeras mirándome de reojo. Poco después, me encontraba en mi lugar dispuesta a empezar con la tarea cuando volví a escuchar la voz de Jorge, esta vez llamaba a Maite. Ella se atusó el pelo, la falda, y se desabrochó un botón de la blusa. Antes de entrar al despacho sonrió maliciosamente a Juanita, con la que se había enganchado momentos antes. Cerró la puerta.
- La mato, la mato, la mato… –escupía una y otra vez Juanita al mismo tiempo que daba a la barra espaciadora del teclado-.

Observé como las demás agacharon la cabeza y continuaron trabajando. A Juanita nunca la había visto en ese estado, y la verdad, empezaba a preocuparme. Bueno, me preocupé hasta que se dirigió a mí.

- Y tú – dijo desde su asiento- Ju-li-ta, parecías tonta
La miré, pero en el preciso momento que iba a responderla un no se qué – porque no lo tenía muy claro dado mi anonadamiento-, se abrió la puerta del despacho, Maite, con porte serio y paso firme se dirigió hacia su mesa, recogió su bolso y salió de la oficina sin decir una palabra.

Juanita!, venga por favor

La voz de Jorge se dejó oír de nuevo. Me daba en la nariz que la oficina iba a empezar a gozar de un espacio más amplio. Intuición femenina dirían unos, o lógica pura y dura, dirían otros. Claro que, en ese lugar la lógica brillaba por su ausencia. Lo dejaremos en intuición.

La muchacha, con una actitud más bien desconfiada, titubeó antes de adentrarse en el despacho que tantas veces había visitado llena de júbilo y, energía. El silencio se hizo patente en la sala, pero solo por un corto espacio de tiempo. Qué poco dura lo bueno –pensé mientras veía como se acercaban de puntillas el resto de mis compañeras a mi mesa-. En ese momento empecé a sentirme como Charlton Heston en “Cuando ruge la marabunta”, excelente película por cierto.
Sospechaba que me iban a someter a un tercer grado y sí, acerté.
Las unas se pisaban a las otras interrogándome sobre mi visita al despacho del “dire”.
¿Qué te ha dicho? ¿De qué habéis hablado? ¿Para qué te quería?
A lo que respondí: Que le gusta la lluvia. De la fiesta. Y que si sé como se encuentra alguien en el Edén.
Después de mirarme un tanto extrañadas volvieron corriendo a sus puestos al escuchar como se abría la puerta del despacho. Juanita salió de la misma manera que lo había hecho Maite, pero con un clinex en la mano y un sofocón de padre y muy señor mío. Repetición de la jugada, coge bolso, chaqueta y sale de la oficina sin mediar palabra. Mi intuición cada vez iba cobrando más fuerza. ¿Quién sería la siguiente? Eso, creo que es lo que nos estábamos preguntando todas. Joder, esto se estaba convirtiendo en una especie de “Matanza en Texas” pero sin sangre, of the moment.

Jorge salió del despacho con esa media sonrisa suya que parecían haberle dibujado con permanent marker (tinta permanente, vaya).

-Señoritas, hasta mañana. Buenas tardes.

Y con esa amabilidad que le caracteriza salió de la oficina no sin antes guiñarme un ojo. Menos mal que mi mesa estaba junto a la puerta de entrada y mis compañeras no pudieron percatarse de semejante, detalle.

Pepa, Sara, Raquel, y Asun guardaron silencio absoluto hasta que se escuchó la puerta del ascensor. Jorge ya se había marchado. En ese momento volvieron las voces y las preguntas:

Pepa -¿Qué habrá pasado? Juanita iba llorando ¿la habéis visto?

Asun – ¡Como para no verla! ¡Y oírla!

Sara -No sé, no sé, esto no me gusta nada

Raquel- ¡Coño! Se estaban tirando de los pelos! ¿Estáis ciegas? ¿Cómo puedan dar ese espectáculo barriobajero en la oficina?

Pepa -¡Aaah claro!, las habrá despedido

Asun- pues que se jodan! Total, para lo que hacían aquí

Sara- Pues mira, vas a llevar razón, valientes vagas
Raquel – ¡Y golfas! No te olvides que se han peleado por querer llevarse a la cama a Jorge. Anoche también nos fastidiaron la fiesta ¿no os acordáis?
Pepa- ¡Como olvidarlo!, vaya espectáculo, borrachas y haciendo streeptease… ¡Que poca vergüenza!

Asun- A ver si aprenden de una vez, el jefe es el jefe, ¡y no se liga con el jefe! ¡Hombre, por dios!

Se volvió a hacer el silencio mientras se miraban unas a otras. Después dos horas y media de conversación de ese estilo, tan elegante y con tanta clase, decidieron ponerse a trabajar. Yo había aprovechado el tiempo y el trabajo me había cundido bastante, diez minutos y se acabó la jornada. Empecé a recoger bártulos, me acerqué a la máquina de café y encendí un cigarrillo. Al hacerlo, miré por los ventanales. No podía creerlo, al final de la calle, de un hotel ví salir a Jorge con Juanita y Maite agarrada cada una a un brazo de él, parecían felices y contentos, muy contentos. No pude por menos que sonreírme. Había cambiado de escenario y de estrategia. ¡Caramba! Con Jorge. Y después de ver lo que estaban viendo mis ojos, empecé a poner en duda si la pelea entre ellas habría sido toda una farsa.
Consulté mi reloj. Hora de marcharse.

Bye bye chicas – me despedí de ellas mientras cogía mi bolso

¿ESTÁS SEGURO DE ENCONTRARTE SOLO?

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Una línea finísima separa la cordura, de la locura. La mente, esa gran desconocida, puede jugarnos malas pasadas.

Esta noche va a ser diferente. Esta noche, alguien, puede percibir cosas que nunca antes había percibido. ¿O sí?. Piénsalo No estamos solos, nunca lo hemos estado. Ni lo estaremos. Es tan sencillo como, estar sentado frente al ordenador, solos, nadie se encuentra a nuestro alrededor. De repente, sentimos frío, un frío extraño, no le damos mayor importancia y seguimos tecleando, o leyendo lo que vemos en pantalla pero, mientras miramos la pantalla, nos ha parecido ver por el rabillo del ojo, pasar a alguien por el pasillo. Sí, una sombra. Estamos solos ¿Cómo puede pasar nadie? Seguimos sin darle importancia, ha podido ser cualquier reflejo, la ventana de un vecino al cerrarla o abrirla. Un efecto óptico. Seguimos fijando nuestra atención en el ordenador. A simple vista no ocurre nada pero, empiezas a sentir un cosquilleo por la espalda, el vello de los brazos se eriza ¿Qué me está pasando? Te preguntarás. Primero siento algo de frío, después me ha parecido ver pasar una sombra y ahora esto…

Seguimos a los nuestro pero ahora, nuestra atención se ha dividido, empezamos a estar más atentos a otro tipo de sensaciones. Y es en ese momento cuando notas un olor distinto en la habitación, huele a perfume, si, es perfume y te es familiar, en seguida viene a tu mente la imagen de un familiar fallecido. Vuelves a ver pasar una sombra por el pasillo. Tu corazón empieza a acelerarse. Sientes calor y notas como el sudor empieza a aflorar en tu piel, en tu frente. Rápidamente pones la mano en tu mejilla, jurarías que has sentido una caricia pero, estás solo, no hay nadie ¿Qué es lo que temes? Un leve sonido se hace notar en tu habitación, no sabes definir lo que es, parece como, como si algo estuviese a punto de caerse de alguna parte, pero sigues sin identificarlo. Miras a todas partes, y lo haces con cierto temor. El olor a perfume ahora se hace más intenso, decides abrir la ventana de golpe para tener algo de aire fresco y también para gritar, sientes ganas de gritar, de pedir ayuda. Pero no lo harás, te tomarían por loco y tú, estás solo, completamente solo y lo sabes. Eso es lo peor, que eres consciente de esa soledad, de esa oscuridad…

El sonido que aún no has sabido definir de qué se trata sigue escuchándose. El frío que están entrando por la ventana te deja helado pero te niegas a cerrarla, no has reparado en el viento. Hace mucho viento y la puerta se ha cerrado de golpe. Te quedas paralizado. Ahora no solo estás solo, sino encerrado en tu propio cuarto. Vuelves la mirada lentamente hacia tu cama, tu corazón empieza a palpitar aún con más fuerza. En el borde de la misma ves la colcha algo descolocada, como si alguien se hubiese sentado sobre ella. Intentas, recordar en si eres tú, el que se ha sentado anteriormente. Te convences a ti mismo de que no, tú no te has sentado allí. Te has levantado de la silla y permaneces pegado a la ventana…Ese olor…Ese sonido… Te están volviendo loco. Tu respiración se hace más costosa, empieza a faltarte el aire cuando de repente sientes una caricia en el pelo. Te vuelves repentinamente echándote la mano a la cabeza. Pero, ¿Aún no te has dado cuenta de que ¡ESTÁS SOLO!? ¡Se acabó! –te dices- . Cierras la ventana con fuerza, apretando la mandíbula, haciéndote el valiente porque tú ES-TÁS SO-LO, no crees en fantasmas, allí no hay nadie más que tú. Te diriges a la puerta de tu cuarto y la abres con la misma furia, atraviesas todo el pasillo dando las luces que encuentras a tu paso, de repente te paras y mientras intentas controlar los latidos de tu corazón y tu aliento, recapacitas. Si no creo en fantasmas ¿Qué hago dando las luces?

Vas hasta la cocina y compruebas que puertas y ventanas estén cerradas. Ahora te diriges a la puerta de entrada de la casa, temes que pueda entrar alguien, vas a echar el cerrojo pero… Alguien ya lo ha hecho por ti. Tú nunca echas la cadena y el cerrojo mucho antes de acostarte… ¿Quién?…. ¿Qué?, sigues intentando recordar, es posible que sí pero…No, no puede ser, ese perfume de nuevo…….ese sonido…ya lo tienes identificado, las llaves que están colgadas se balancean, tú no las has tocado, nadie más ha podido hacerlo porque….¡ESTOY SOLOOO!… ¡SOLO! – te repites una y otra vez-. Pero pronto comprenderás que no es así. Alguien más se encuentra contigo… Un tremendo golpe se deja oir, proviene de tu habitación…Vas girándote lentamente, tu corazón vuelve a palpitar muy rápido, te empieza a faltar el aire de nuevo….Alguien está allí, contigo. Y ahora es cuando ves que… NO ESTÁS SOLO

Keing

MI VIDA

silueta

Llevo meses acariciando su silueta esbelta, suave, inmóvil, fría como el hielo, no siente nada por mi, no me valora, ni siquiera me mira…Tengo ganas de cambiar, quiero sentir otro cuerpo, estoy deseando que llegue ese día, necesito otro tipo de experiencias. Veo como pasan muchas mujeres por mi lado y me miran con descaro, incluso sonríen, siento como desearían tenerme sobre ellas. Yo no puedo hacer nada, tendrán que ser ellas quienes decidan.

Por fin llega el día, me cuesta desprenderme de ese calvario que llevo sufriendo tanto tiempo, es como si me sintiese culpable por abandonarla, pero al final, me decido. O mejor dicho, deciden por mí. Una mujer algo gruesa, extiende sus manos y yo, me dejo llevar. Entramos en un cuarto, intimamos, empiezo a acariciar su piel, siento su calor, pero la felicidad dura poco, sin saber muy bien por qué, se enfada conmigo y se marcha refunfuñando.

Vuelvo a estar donde siempre. Decían que la belleza facilita el contacto, pero en mi caso presentía que se iba a tratar de una ardua tarea. Pasaron mas días, más mujeres, unas sonreían satisfactoriamente, otras en cambio se marchaban como la primera, algo enfadadas conmigo, y no sé el por qué, yo no había hecho nada malo, empezaba a pensar que el problema lo tenían ellas y no yo.

Empezaba a sentirme un desgraciado, veía como otros compañeros lo tenían más fácil que yo, e incluso habían conseguido marcharse felices con alguna de esas mujeres.

Pero un día, una mujer, alta y esbelta se acercó a mí, parecía cansada, triste, deduje que ambos estábamos en la misma situación. Lo supe en el momento que levantó su mirada, sus ojos brillaron, me miró detenidamente, sonrió… me invitó a pasar al cuarto, y yo…me deje llevar. Allí tuvimos nuestro primer contacto, nunca, con ninguna otra antes fue igual, esa suave piel, ese calor, como me acariciaba, como me miraba…Nos costaba desprendernos la una del otro, al final decidió llevarme con ella, y yo…me deje llevar. Sabia que iba a ser feliz junto a ella, me sentí libre por primera vez. Sin duda, estábamos hechos el uno para el otro, sabes que algún día llegará, tarde o temprano, y ya había llegado, ahora me tocaba a mi ser tan feliz como lo eran mis compañeros con esas mujeres.

Pero nada es eterno…la felicidad duró poco. A diario me cambiaba por otros y a mi, me dejaba apartado. Estuve sufriéndolo durante quince días, venia conmigo solo cuando a ella le parecía. Pero un día, ¡ese día!, nunca podré olvidarlo, volví a sentir esa felicidad, ese calor, ¡esa pasión!, yo era feliz, ella también, estaba deslumbrante…

Llegamos juntos a una reunión, todos nos miraban, no sé muy bien de lo que se hablaba, solo sé, que le caí muy bien a la gente. La cuestión es que yo era feliz junto a ella, después nos fuimos a comer y a bailar ¡señor!, en mi vida he sido tan feliz, disfruté bailando con ella. Estuvimos hasta altas horas, nos costaba desprendernos al uno de la otra, ¡éramos tan felices!

Después de esa noche, ya nada ha vuelto a ser igual…ella se deshizo de mi, me cambiaba por otros, incluso llegó a venderme a una amiga suya…

Mejor ya no les cuento más, consiguieron transformarme en algo distinto, conforme pasaba el tiempo y las modas, a mi me iban cambiando, creo que ya se imaginan quien les ha estado contando todo esto ¿verdad?… El vestido de novia.

keing

LOS OTROS CIUDADANOS

Ciudadanos

Paseo por calles de Madrid, esas aceras atestadas de gente donde cada uno va a lo suyo. Observas como ha ido evolucionando ese individualismo de la sociedad de nuestros días. Antes veías como algunos iban leyendo el periódico o un libro, ahora la gran mayoría llevan sus auriculares, unos lo acompañan con la lectura, otros, con la mirada perdida, posiblemente imaginándose estar en ese momento en otro lugar, con otra compañía, posiblemente recordando algo del pasado, unas vacaciones, alguna situación agradable o desagradable, depende de donde te lleven las notas de la melodía que estés escuchando en ese momento.

Es alucinante, todo parece mucho más fácil y llevadero si lo acompañas de música, la espera del bus, el tren, el metro, el cruce de los pasos de peatones. Incluso los empujones, no les das importancia, vas sumida en tu mundo de compases y secuencias, para mi, por regla general, muy agradables.

Pero otras veces, algo llama tu atención, no puedes apartar la mirada y hasta llegas a pensar, me van a decir algo por mirar tan fijamente pero, la escena es dura, no puedo mirar para otro lado y tampoco puedo hacer nada.

Allí, a las 7 de la mañana, observo a una pareja, hombre y mujer de avanzada edad, tumbados sobre un colchón viejo y roído, tapados con varias mantas, dos o tres maletas y diversas bolsas prácticamente les rodean, supongo que sus enseres se encuentran en el interior.

El hombre se levanta, está despeinado, sucio. La camisa a medio introducir por el pantalón. Lo primero que hace es encenderse un cigarrillo. Nos mira, pero no nos ve, su preocupación es otra, despertar a su mujer. Ella, con un mal gesto le dice que la deje dormir. El insiste, se ve que algo le preocupa, puede que sea la presencia policial. Sigue insistiendo pero no hay forma, la mujer decide seguir durmiendo. El enfado del hombre empieza a aflorar, el de ella, también, pero sigue sin levantarse.

A pesar de las circunstancias, se nota, se palpa en el aire, que se conocen perfectamente y, que se quieren, no podrían vivir el uno sin el otro, son cómplices, camaradas, compañeros, náufragos en un mar de asfalto.

Sigo observándoles mientras me termino el cigarrillo, la gente pasa por su lado, mirando de soslayo y siguen su camino, es normal, van a trabajar y por desgracia, ya nos estamos ACOSTUMBRANDO a ver esas escenas. Consulto mi reloj. Bien, tengo que marcharme, él está recogiendo los bártulos que tienen por allí, ella sigue durmiendo. Se levantará, siempre lo hace. Cuando vuelvo ya no hay ni rastro de ellos dos, pero, a la mañana siguiente, allí estarán de nuevo, como de si una suite en el mejor de los hoteles se tratase. Ellos tienen colchón, otros el banco de un parque, el de un metro, o simplemente, el frío suelo y unos cartones o papel de periódico.

Yo tengo un techo, una familia, un plato de comida… Soy una privilegiada.

Keing.

LA ENTREVISTA

Todo me hacia presagiar que aquel día iba a ser un tanto especial. No me levanté de la cama ni con el pie derecho, ni con el izquierdo, directamente me caí de ella en el momento que sonaron a la vez: Los dos despertadores que tenía a cada lado de la cama, el teléfono móvil con la alarma, la emisora de radio programada en la cadena y el teléfono fijo con la función despertador de telefónica. Allí, desde el frío suelo, permanecí unos instantes pensando, un tanto desconcertada claro, que apagar primero.

Empecé por los despertadores, después descolgué rápidamente el auricular del teléfono fijo y volví a colgar, segundos después al móvil -reconozco que me costó un poco apagarlo, ya que mi visión no estaba en su mejor momento-, y después, a gatas, me dirigí hacia la cadena musical y pulsé el botón “off”. Permanecí sentada en el suelo, un tanto jadeante, como si hubiese terminado de correr una maratón. Momentos después me encaminé hacia la ducha. ¡Que agradable sentir el agua caliente sobre tu espalda mientras te enjabonas! ¿Verdad?. La pena fue, que ese placer duró poco, fue lo más parecido a un “coitus interruptus”, como si me hubiesen echado un jarro de agua fría, y nunca mejor dicho. Fría no,¡helada!, empecé a soplar convulsivamente mientras me quitaba el gel y champú de encima, y pensé, que lo mejor en ese momento, sería recordar algo que me motivase, que me hiciese entrar en calor, dicen, que si te sugestionas , lo consigues. Lo que nadie ha dicho nunca es cuanto tiempo tardas en creértelo. Pensé en el horno, en las playas del caribe, en una noche loca con un semental, y hasta empecé a tararear: “Cuando calienta el sol aquí en la playaaaaa…”. Decididamente mi poder de sugestión brillaba por su ausencia, no lo conseguí. Una vez que me vi libre de espuma por todas partes cerré los grifos rápidamente, salí y me puse mi albornoz y zapatillas. Me dirigí a la cocina, un cafetito caliente iba a venirme ¡de miedo! después de haberme sentido cuál solomillo en el refrigerador. Lo más rápido -dado que iba con prisa-, era calentarme el agua en el microondas. De micro no se lo que quedaría, pero de ondas, ni una, se fueron de viaje, aquello no iba. De manera que decidí calentarme el agua en la vitrocerámica, probé a poner la mano encima para ver si calentaba, pero no, aquello no se encendía, ni sentía calor en mi mano.

Con gran mosqueo, me dirigí hacia mi habitación para vestirme, mientras pensé que lo mejor sería desayunar en el bar de la esquina, si no estaba cerrado, claro. ¿Vestirme?, he dicho ¿vestirme? y….. ¡Que me pongo! Tengo una entrevista de trabajo, y no se como ir vestida. Después de probarme varios modelitos y mirarme una y otra vez en el espejo de cuerpo, decidí por lo más práctico, traje negro y camisa blanca, después me probé varios pendientes, hasta dar con los que mejor me iban con ese traje. De repente…husmeé, ¿que era ese olor?, fui hacia la cocina, de allí provenía ese olor a chamusquina… ¡joder!… ¡humo!, ¡salía humo del horno!, pero, ¿a que botón he dado yo? -pensé-. Hacía tiempo que no usaba la vitrocerámica, bueno, en realidad, desde que la compré no la había usado nada más que una vez, probandola con el repartidor, y sinceramente ¡como estaba tan bueno ese señor!, poco caso hice a sus explicaciones. Al final di con el “quid” de la cuestión, puse el cazo a calentar, y al darme la vuelta para prepararme una tostada, observé un cable por detrás del tostador, lo seguí ,deslizando mis dedos por el mismo, hasta llegar al extremo…. ¡Caspita!¡el enchufe del micro!. Con el cable en la mano, miré la vitroceramica, el cazo y…el microondas, preferí no darle más vueltas, lo importante era mi entrevista de trabajo, y el tiempo era ¡Fly!, pasaba volando. Finalmente pude tomarme el café.

Corriendo y mirando mi reloj de pulsera, fui al baño de nuevo, me cepillé los dientes, me peiné y…al ver mi rostro reflejado en el espejo, lo vi ajado, pálido, inexpresivo. Mejor me maquillaba un poco antes de salir. Bien, una vez lista, me aseguré de llevar todo dentro del bolso: carné, llaves, móvil…. Ya decidida, me encaminé hacia la puerta de salida. Aunque vivía en una quinta planta, no me fiaba mucho de que el ascensor fuese a funcionar como debía en esa mañana, tan especial. De manera que empecé a bajar escalones. Cuando llegué al portal, me detuve, y consulté de nuevo mi reloj…

Hice mis cálculos de lo que podía tardar el autobús en llegar a la parada, y en llegar a mi destino… ¡prueba superada! ¡El simulacro había finalizado!, para mañana (día de la entrevista) ya estaban salvados todos los obstáculos.

Keing

CITA IN-MORTAL

clarodeluna22

No podía entrar sin ser invitado. Tampoco podía permanecer más tiempo del debido en aquel lugar. La urbanización había sufrido un corte eléctrico a causa de la fuerte tormenta. Eso me favorecía, la oscuridad era mi mayor y mejor aliada.
A través de la cortina de agua que resbalaba por mi sombrero miraba atentamente su ventana. Estaba abierta. Los visillos blancos relucían en aquella noche cerrada, cómplices del viento en una danza muy peculiar, me daban la esperanza de poder ver la figura de mi amada, allí parada, mirándome embelesada, casi hipnotizada por mi presencia.
Llevo siglos esperando ese momento. Nunca he podido llegar a Ella. Tendrá que ser ella quien venga a mí. Tendrá que invitarme. Estoy seguro de que lo hará y entonces, nada ni nadie podrá separarnos. Tendré que convertirla, no deseo verla envejecer, deseo que se conserve así de joven y bella toda la eternidad, junto a mí.
Alguien se acerca a la ventana. Observo detenidamente. No, no es Ella. ¿Quién….?
En ese momento la puerta principal se abre. Un grupo de gente sale del interior de la casa. Escucho sollozos, lamentos. Cuatro hombres sacan un ataúd. Me escondo tras los árboles que rodean la casa. Un coche negro se acerca a la entrada. Introducen el ataúd en el mismo. Recorro con la mirada cada uno de los seres que allí se encuentran. Ella no está entre ellos. El pánico empieza a apoderarse de mi inhumano cuerpo.
Al poco tiempo todos se van alejando de allí. Se dónde se dirigen, me adelanto a ellos. Me envuelvo en mi capa y en pocos segundos me encuentro en el cementerio. Sigo esperando, escondido tras una de las tumbas. No quiero ser visto, no debo ser visto si no es por Ella.
Cuando todos se han marchado me acerco a la tumba donde antes se encontraba el grupo. Con muy poco esfuerzo retiro la pesada losa. Abro la caja de pino negra. Ella…..
Lanzo un alarido desesperado al aire. Después la tomo entre mis brazos, observo su rostro pálido y frío como el hielo. Demasiado tarde, ya no puedo hacer nada por convertirla en una inmortal, en mi compañera. Se que pronto amanecerá, pero eso tampoco me asegura que vayamos a estar en el mismo lugar. Deslizo mis dedos por su suave cuello, entonces veo algo que me es familiar. Dos marcas redondas y profundas. La furia empieza a apoderarse de mí. Si ha sido mordida por otro de mi especie entonces me rechazará, intentará atacarme, solo pertenece a ese que ha acabado con su vida.
He de pensar, pensar, pensar…..
Pronto amanecerá. Es la única solución. Ambos sentados en el suelo, yo detrás de ella la rodeo con mis brazos con fuerza, mientras espero ver salir el Sol. Sí, esa es la única forma. Es el primer amanecer que veremos los dos desde que dejamos de ser humanos. Y también será el último. Sé que juego con ventaja. Soy conocedor de lo que va a ocurrir, en cambio, Ella, se encuentra confundida, ni siquiera sabe quién soy yo, ni qué hace allí.
Ella abre los ojos e intenta zafarse de mis brazos. El Sol empieza a asomar entre los árboles. Sentimos su intensa luz que empieza a cegarnos, sus rayos cada vez son más potentes y destructivos, sin embargo, una larga secuencias de imágenes muy agradables vuelven a mi mente, entonces era feliz. Curiosamente, ahora también lo soy. Desvío mi mirada hacia los ojos de Ella, mi último suspiro será sobre sus fríos y morados labios. Dos alaridos suenan al unísono…
Silencio.

Keing